lunes, 12 de octubre de 2015

Horacio Quiroga Una conquista

Una conquista
Horacio Quiroga




ÉL
Cada cuatro o cinco días, y desde hace dos meses, recibo cartas de una desconocida que, entre rasgos de ingenuidad y de esprit, me agitan más de lo que quisiera.
No son estas las primeras cartas de femenina admiración que recibo, puede creerse. Cualquier mediano escritor posee al respecto un cuantioso archivo. Las chicas literatas que leen mucho y no escriben, son por lo general las que más se especializan en esta correspondencia misteriosa, pocas veces artística, sentimental casi siempre, y por lo común estéril.
En mi carácter de crítico, me veo favorecido con epístolas admirativas y perfumadas, donde se aspira a la legua a la chica que va a lanzarse a escribir, o a la que, ya del oficio, melifica de antemano el juicio de su próximo libro.
Con un poco de práctica, se llega a conocer por la primera línea qué busca exactamente la efusiva corresponsal. De aquí que haya cartas amabilísimas que nos libramos bien de responder, y otras reposadas, graves -casi teosóficas-, que nos apresuramos a contestar con una larga sonrisa.
Pero de esta anónima y candorosa admiradora no sé qué pensar. Ya dos veces me he deslizado con cautela, y por la absurda ingenuidad de su respuesta he comprendido mi error.
¿Qué diablos pretende? ¿Atarme de pies y manos para leerme un manuscrito?
Tampoco, por lo que veo. Le he pedido me envíe su retrato; muy gentil cambio de fotografías. Me ha respondido que teniendo a la cabecera de su cama cuatro o cinco retratos míos recortados de las revistas, se siente al respecto plenamente satisfecha. Esto en cuanto a mí. En cuanto a ella, es "apenas una chica feúcha, indigna de ser mirada de cerca por un hombre de tan buen gusto como yo".
¿No muy tonta, verdad?
Pero ella busca leerme una novelita... u otra cosa. Si siendo fea pretende solo elogios, debería estar desengañada después de mi primer alerta, porque no hay mujer capaz de equivocarse sobre las ilusiones de un escritor de moda, cuando insiste en escribir a una humilde muchacha que lo admira.
Es mona, pues; escribe novelitas en hojas arrancadas de un cuaderno, y se ha lanzado a la conquista de un crítico. Ayudémosla.
Acabo de enviarle cuatro líneas en estos o aproximados términos:
"Señorita: ¿No cree usted que es ya tiempo de que nos conozcamos? Con toda: la estimaci6n que le profeso, no tendría fuerzas para continuar una correspondencia que me expone a dejar en ella más ilusiones de las debidas. ¿Será usted realmente fea, señorita? Confío en que usted no me dará el disgusto de dejármelo suponer, negándome el placer de verla".

Voilá. No se me escapa lo que voy jugando en esta carta. Si la chica no es verdaderamente mona, está perdida para mí. Y nada digo de su indignación ante el donjuanesco ultimátum que transfiere la cartita. De "Maestro", con una gran eme, paso a critiquillo, y no hallaré enemigo más acalorado y terco que mi admiradora de ayer.

Pero si ella desea seriamente escribir, y Dios le ha deparado una de esas caritas que se entregan a los ojos de un hombre como una muda y regia tarjeta de presentación, se sentirá débil ante el homenaje de su gran hombre.
He aquí la respuesta. Acaba de llegarme. Me concede el disgusto solicitado de una nueva desilusión; y para ella, el honor de comprobarlo en mis ojos súbitamente fríos.
Perfectamente. Voy a su encuentro, pregustando el próximo instante en que me será presentada aquella tarjeta, y que de un momento a otro deberé tomar en mis manos.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
¡Cuándo, Dios mío! La tengo ante mí, mirándome ruborizada, y me repito sin cesar de mirarla y de hablarla: ¡Cuándo, cuándo!
Yo tengo alguna experiencia como "hombre de gusto", y domino bien la expresión de mis ojos. Pero ahora los siento temblar en un pestañeo imperceptible, mientras sigo las líneas de su boca al hablar, y aspiro de ella todo su perfume.
¡Y con esa hermosura, haber demorado dos meses el hechizo de sentirla cortada ante mí, llamándome con voz honda: "¡Maestro!"
-¡Oh, no, no escribo! -me dice-. Leo mucho, y soy felicísima cuando tengo un buen libro.
-¿Novela?
-Y también versos. Pero no comprendo mucho el verso... Lo que me encanta es la crítica. Cuando hallo expresado magistralmente por un escritor lo que yo siento con una lectura y que no alcanzo a definir, ¡oh, me considero verdaderamente dichosa!
-Y de esa dicha, ¿un poquito no alcanza hasta su crítico?
Me mira entonces de costado, sonriendo con nuevo rubor:
-¡Figúrese usted!
Y mientras esto pasa, me pregunto sin cesar cómo y por qué esta lindísima chica ha resistido dos meses al orgullo de sentir muy cerca de sí al hombre cuyo arte admira hasta el punto de entregarle su adoración en plenos ojos: "¡Maestro!"
Demasiada admiración, es la palabra. Y aprecio ahora la absurda ingenuidad de su respuesta a la insinuación que anoté.
Pero si no hay otra cosa, ¿por qué se resistió a verme, y me dijo que era fea, y por qué tiene mis cinco retratos adheridos a la cal de la pared?
Es lo que debo aclarar en una nueva entrevista.
¿Otra?... Tal vez; pero no allí mismo, en plena calle. Y me hace notar entonces que no es libre, aunque haya consentido que la llamara señorita hasta ese momento.
-Soy casada.
Yo la miro entonces y bosquejo en mi interior una larga y vaga sonrisa. Pero ella lee mal en mis ojos.
-¡Oh, no he querido decir eso, señor!... ¡Yo no soy hipócrita, ni podría serlo con usted, Maestro! Mi esposo tendría también mucho placer en conocerlo. Él sabe que le he escrito... ¡Y lo estima tanto a usted!
"¡Ah, diablita! -continúo diciéndome yo mientras la escucho-. Estoy seguro de que no podrías ser hipócrita conmigo... ¡Sí, comprendo!"
-Señora... -me inclino grave.
Pero ella, tocándome apenas el brazo:
-¿A usted no le disgusta conocerlo, verdad? Ahora viene... Sabe que estamos los dos aquí... ¡Y cómo se va a alegrar! Vendrá no sé cómo, agitado... ¡El pobre trabaja tanto! Es vendedor... ¡Oh, no! Dependiente de tienda, lejos del centro... ¡Ya está aquí! ¿Lo ve usted? ¡Epamí! ¡Aquí!
Y Epaminondas cruza la calle para sacudir mi mano entre las suyas, con respetuosísima alegría.
Tampoco él cabe de orgullo al sentirse junto a mí. Yo observo a uno y a otro, al pequeño, feliz y predestinado dependiente de tienda, y su mujercita, que continúa sonrojándose de dicha.
El tiempo pasa, no obstante, y los esposos se miran. Parecen tener un secreto difícil de librar.
-¿Sí, Estercita? -insinúa tímidamente él.
-¡Pero es claro! -le responde ella con nuevo rubor-. ¡Eres tú el que debe hacerlo!
Y Epaminondas se atreve por fin: invitarme a ir a su casa. ¡Oh!, bien saben ellos que un maestro de la crítica como yo, no son casitas como la suya las que frecuenta noche a noche... Pero hay además otros motivos. Él, Epaminondas, comprende muy bien que, en pos del honor que yo he hecho a su esposa de sostener correspondencia con ella, es justo que queramos hablar de esas cosas. Pero las gentes no comprenden, y juzgarían mal al vernos a menudo juntos en la calle. ¿Por qué no ir a casa de ellos, a su pobre casita, que quedaría tan honrada con mi presencia?
-Encantado... -exclamo.
-¿No ves, tonto? -se toma ella tiernísima del brazo de Epaminondas, ruborizándose por centésima vez al notar que la miro hasta el fondo.
-¡Magnífico! -dice él-. ¿Y por qué no comenzar esta misma noche? ¿No te parece, Estercita?
Todos somos de igual parecer. Y los esposos se despiden de mí, felicísimos con mi promesa, mientras yo quedo inmóvil, siguiendo con los ojos desde el tobillo hasta los rizos de la nuca, a aquella espléndida y mórbida criatura que se arquea y retarda un poco, bajo la presión de Epaminondas, que se apoya en su brazo.
"¡Ah, diablita! -murmuro de nuevo-. Te has dado el lujo de engañarme dos meses seguidos... cuando yo saltaba de sorpresa ante la ingenuidad de tus cartas. He conocido mujercitas muy listas; pero como tú, ninguna. Epaminondas, Estercita... Perfectamente. En dos meses de rubor, hoyuelos al reír y dulce educación de tu marido, has logrado que él mismo me ofrezca su casa... infinitamente menos peligrosa que la calle. Sí, pequeña, iré esta noche..."
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Concluimos de cenar -pues a ello fui invitado-, y acabamos de pasar a la salita, donde la dueña de casa nos sirve el café. Y retirándose:
-Los hombres deben estar un momento solos -me mira ella radiante, con un nuevo hoyuelo en la sonrisa.

ELLA
Desde aquí, por la puerta entreabierta, los veo bien. No hago el menor movimiento. Epamí me da la espalda, y lee. Está leyendo su novelita, por fin... y es feliz, ahora... ¡completamente feliz!
¡Dios mío! ¡Lo que he debido maniobrar para conseguirle esta dicha!
De frente a mí, cruzado de piernas y con el cigarro en la mano, está él inmóvil.
¡Pobre maestro! Me parece que no he procedido del todo bien con él. Tiene el seño contraído y los ojos fijos en Epamí. No mueve más que el brazo para llevar de vez en cuando el cigarro a la boca, y el humo lo envuelve sin que esquive una línea de su cara.
Daría algo por saber lo que está pensando. ¡Dios mío! Epamí se moría si no llegaba a leer al maestro de la crítica su primer novelita... y me he sacrificado.
FIN

Horacio Quiroga Una noche de edén

Una noche de edén
Horacio Quiroga




No hay persona que escriba para el público que no haya tenido alguna vez una visión maravillosa. Yo he gozado por dos veces de este don. Yo vi una vez un dinosaurio, y recibí otra vez la visita de una mujer de seis mil años. Las palabras que me dirigió, después de pasar una noche entera conmigo, constituyen el tema de esta historia.Su voz llegóme no sé de dónde, por vía radioestelar, sin duda, pero la percibí por vulgar teléfono, tras insistentes llamadas a altas horas de la noche. He aquí lo que hablamos:
-¡Hola! -comencé.
-¡Por fin! -respondió una voz ligeramente burlona, y evidentemente de mujer-. Ya era tiempo...
-¿Con quién hablo? -insistí.
-Con una señora. Debía bastarle esto...
-Enterado. ¿Pero qué señora?
-¿Quiere usted saber mi nombre?
-Precisamente.
-Usted no me conoce.
-Estoy seguro.
-Soy Eva.
Por un momento me detuve.
-¡Hola! -repetí.
-¡Sí, señor!
-¿Habla Eva?
-La misma.
-Eva... ¿Nuestra abuela?
-¡Sí, señor, Eva sí!
Entonces me rasqué la cabeza. La voz que me hablaba era la de una persona muy joven, con un timbre dulcísimamente salvaje.
-¡Hola! -repetí por tercera vez.
-¡Sí!
-Y esa voz... fresca... ¿es suya?
-¡Por supuesto!
-¿Y lo demás?
-¿Qué cosa?
- El cuerpo...
-¿Qué tiene el cuerpo?
Bien se comprende mi titubeo; no demuestra sobrado ingenio el recordarle su cuerpo a una dama anterior al diluvio. Sin embargo:
-Su cuerpo... ¿fresco también?
-¡Oh, no! ¿Cómo quiere usted que se parezca al de esas señoritas de ahora que le gustan a usted tanto?
Debo advertir aquí que esa misma noche, en una reunión mundana, yo me había erigido en campeón del sentimiento artístico de la mujer. Con un calor poco habitual en mí, había sostenido que el arte en el hombre, totalmente estacionado después de recorrer cuatro o cinco etapas alternativas e iguales en suma, había proseguido su marcha ascendente de emociones en la mujer. Que en su indumentaria, en sus vestidos, en el corte de sus trajes, en el color de las telas, en la sutilísima riqueza de sus adornos, debía verse, vital y eterno, el sentimiento del arte.
Esto había dicho yo. ¿Pero cómo lo sabía ella?
-Lo sé -me respondió-, porque todos ustedes piensan lo mismo. Igual pensaba Adán.
-Pero creo entender -repuse- que en el paraíso no había más mujer que usted...
-¿Y usted qué sabe?
Cierto; yo nada sabía. Y ella parecía muy segura. Así es que cambié de tono.
-Quisiera verla... -dije.
-¿A quién?
-A usted.
-¿A mí?
-Sí.
-¡Ah!, es usted también curioso... Le voy a causar horror.
-Aunque me lo cause...
-Es que... (Y aquí una larga pausa)... no estoy vestida. ¿Comprende usted? En el fondo del espacio donde me hallo... Y además, soy demasiado vieja para no infundir horror.. aun a usted. Puedo sin embargo vestirme, si usted me proporciona ropas, con una condición...
-¡Todas!
-Oh, muy pocas... Que me lleve con usted a ver señoras bien vestidas... como se visten ahora. ¡Oh, condescienda usted!... Hace miles de años que tengo este deseo, pero nunca como... desde anoche. Antes nos preocupábanos muy poco del vestido... Ahora ha llegado la mujer al límite en el sentimiento del arte.
Mis propias palabras, como se ve.
-Desde ese oscuro fondo del tiempo y del espacio -argüí-, ¿cómo?
-La serpiente de Adán, señor mío...
-¿De Adán? No, señora; suya.
-No, de Adán. De las mujeres son yararás que usted conoce, y una que otra serpiente de cascabel...
-Crotalus terrificus- observé.
-Eso es. Pero no son las víboras, sino el maravilloso vestido de la mujer de ahora lo que deseo ver. No puedo imaginarme qué puede ser ese arte sutil que enloquece a las personas como usted.
Por segunda o tercera vez la ilustre anciana la emprendía conmigo. ¿Qué hacer? Yo podía proporcionar a mi interlocutora las ropas que esperaba de mí, y podía también proseguir la aventura que llegaba hasta mí desde el fondo de la eternidad, a través de un trivial teléfono.
Fue lo que hice. Coloqué a su pedido las ropas tras el biombo de la chimenea, y bruscamente surgió ella ante mí, envuelta hasta los pies en negro manto. Llevaba antifaz con encaje, y en las manos guantes negros. Yo podía haber presentido, de fijar un instante más los ojos en su silueta, lo que había en realidad de esquelético en aquella fosca aparición. No lo hice, y procedí mal.
Sin ver, pues, más que aquella decrépita figura, terriblemente arrepentido de mi condescendencia, salimos del escritorio, y media hora más tarde llegábamos a una casa de mi relación, cuyas tres hermosísimas chicas reunían esa noche a unos cuantos amigos.
Lo que fue toda esa sesión: mi presencia en compañía de una ilustre anciana que por razones de estado deseaba conservar el incógnito; la burlesca estupefacción de las chicas que charlaban sin perder de vista al fenómeno; los esfuerzos míos para alejar de la situación un ridículo inexorable, las sonrisitas cruzadas de las damas ojeándonos sin cesar a la momia y a mí, toda esa interminable noche fue mucho más larga de sufrir que de contar.
Regresamos a casa sin haber cambiado una palabra, ni en el auto ni en los instantes en que dejé el sobretodo sobre una silla, y el sombrero no sé dónde. Pero cuando me hube sentado de costado al fuego, sin mirar otra cosa que el hogar de la chimenea y disgustado hasta el fondo de mi alma, la dama, de pie, tomó entonces la palabra.
-Yo me voy, señor -me dijo-. Ni por mi situación ni por mi edad estoy en estado de permanecer más en su compañía. Por grata que me sea, pues no soy desagradecida. He visto lo que deseaba, y me vuelvo. Pero antes de partir deseo que usted oiga algunas palabras.
"Ustedes, los hombres, se han hartado de proclamar que la coquetería es patrimonio de las hijas de Eva, -culpa mía, si usted quiere- y que el mundo marcha mal desde que la primera mujer coqueteó con la serpiente... Yo podría aclarar este concepto, pero no quiero volver sobre una historia demasiado vieja ... aun para mí. Puedo decir, no obstante, que el adorno, la coquetería en la mujer, era una cosa muy sencilla, pues no teníamos para coquetear más que la cabellera. Después hubo otras muchas cosas... Pero a pesar de nuestra orfandad al respecto, algo pude hacer con mis diecisiete años... Usted debe saberlo por la Biblia.
"Pues bien: desde mucho tiempo atrás yo quería reencarnar en la vida contemporánea; mas era indispensable para ello, que viera cómo se visten las mujeres de ahora.
"¿Qué podía hacer yo, con mi pobre coquetería del Paraíso, con mis escasos adornos de muchacha anterior al diluvio? Por esto, y desesperanzada ya de reencarnar por largo tiempo con una nueva vida, he tomado la determinación de hacerlo por unas breves horas, y he elegido las horas pasadas para ponerme en contacto con el escritor que me escucha... y con las señoritas que gustan a ese escritor.
"Por lo poco que he visto, el mundo de ustedes ha progresado inmensamente en seis mil años, y hay ahora cosas admirables. Lo que no hay, óigame usted bien, es progreso en el adorno de la mujer. Ustedes lo creen así, porque dichos adornos cuestan dinero. En mi época, una chica estaba bien vestida cuando, a más de ser bella, llevaba en los cabellos flores o plumas de garza, tapados de pieles sobre los hombros, sartas de perlas en el cuello, y un abanico de grandes plumas en la diestra.
"Hoy, señor enamorado, después de seis mil años de febril progreso, de incalculables esfuerzos de la inteligencia y del arte, de sutiles refinamientos estéticos, hoy las mujeres bien vestidas llevan, exactamente como en las edades salvajes, plumas en la cabeza, pieles en los hombros, piedras en el cuello, flores en la cabeza y grandes plumas en la mano.
"¿Dónde está el progreso, quiere usted decirme? ¿Qué ha inventado de nuevo la mujer actual? ¿En qué revela su decantado refinamiento de arte?
"¡Bah, señor! Ustedes se dejan engañar a sabiendas, con su devoción feminista; pero salvo uno que otro detalle, la dama original y elegante de hoy debe recurrir fatalmente para su adorno a los miserables elementos del oscuro mundo primitivo: las pieles, las plumas, las piedritas que brillan.
"Y no sólo no se ha conquistado nada, sino que se ha rebajado el valor de tales adornos. El valor de una piel sedosa está en la fatiga que ha costado el obtenerla. El amante primitivo que a costa de su sangre conquistó al animal mismo, la piel para adornar con ella a su amada, consagró con ese precio el alto valor del adorno. Es bella la piel en los hombros de una muchacha porque el hombre que la amaba se desangró por conseguírsela. Este es su valor, como el de una obra de arte cualquiera, que para ser tal debe dejar exhausto un corazón.
"Hoy no es la muchacha más amada la que le luce la piel, sino aquella cuyo padre tiene más dinero. Y volveré a la nada en que he dormido seis mil años, sin comprender cómo las amigas de usted, y las otras y todas las mujeres de hoy, sienten tanto orgullo de lucir una piel que no ha conquistado el varón que aman, sino que han debido pagar muy caro al peletero; y sin comprender tampoco cómo ustedes los hombres no se mueren de vergüenza cuando se sienten orgullosos de ver a sus novias lucir un adorno que ustedes mismos han sido incapaces de obtener, y por el que otro hombre, también joven y buen mozo como ustedes dio todo su valor y su sangre en una cacería salvaje.
"Sólo esto quería decirle. Ahora, señor, me vuelvo. Le he sido a usted demasiado cargosa con mi ancianidad y mis tonterías para que no conserve usted de mí ni el recuerdo..."
Permanecí impasible, sin apartar los ojos del fuego.
-¿Quiere usted, sin embargo, guardar un vago recuerdo mío? Lo autorizaría a usted a sacarme una fotografía...
Dijo; y sin hacerme rogar de nuevo, pues deseaba concluir de una vez con aquel atroz absurdo, me levanté, también sin mirar a la dama, volví con la máquina, y a toda prisa apreté el obturador.
¡Por fin! Eché una mirada salvadora al biombo que debía ocultarla de nuevo.
-¡Oh, esta vez no hay necesidad! -murmuró ella-. Con que cierre usted un instante los ojos, basta...
¡Los cerré con rabia, y cuando los abrí no había ya nadie allí!
Aquí concluye la historia. Y lo que sigue no es sino un eterno remordimiento.
Al hallarme solo, me hallé también sin sueño por el resto de la noche.
Y mitad por distracción, mitad por curiosidad fotográfica, revelé la placa.
¡Oh! ¿Qué razón no ha concebido a Eva desnuda como el cielo, virgen y hermosísima en la primera alba del Edén?
No una decrépita momia envuelta en negro: una criatura de diecisiete años, indescriptiblemente pura y curiosa, era lo que revelaba la fotografía. Y yo no había sabido verlo.
Al día siguiente, a las mismas altas horas de la noche, el teléfono sonó.
Era ella.
Cuanto alcanza un hombre a expresar de remordimiento, lo expresé en mi largo discurso.
-¡Vuelva! -supliqué por toda conclusión.
-No puedo -repuso ella. Y más burlonamente aún-: Estoy desnuda...
-Yo cazaré tigres para usted...
-¿Usted, cazar tigres?... Usted es un cazador de historietas y no siempre verosímiles... Pero le estoy muy agradecida, sin embargo. Y si alguna vez vuelvo...
La voz se cortó. No oí más. Ni al día siguiente, ni después, nunca.
FIN

Horacio Quiroga Los ojos sombríos

Los ojos sombríos
Horacio Quiroga





Después de las primeras semanas de romper con Elena, una noche no pude evitar asistir a un baile. Hallábame hacía largo rato sentado y aburrido en exceso, cuando Julio Zapiola, viéndome allí, vino a saludarme. Es un hombre joven, dotado de rara elegancia y virilidad de carácter. Lo había estimado muchos años atrás, y entonces volvía de Europa, después de larga ausencia.
Así nuestra charla, que en otra ocasión no hubiera pasado de ocho o diez frases, se prolongó esta vez en larga y desahogada sinceridad. Supe que se había casado; su mujer estaba allí mismo esa noche. Por mi parte, le informé de mi noviazgo con Elena -y su reciente ruptura. Posiblemente me quejé de la amarga situación, pues recuerdo haberle dicho que creía de todo punto imposible cualquier arreglo.
-No crea en esas sacudidas -me dijo Zapiola con aire tranquilo y serio-. Casi nunca se sabe al principio lo que pasará o se hará después. Yo tengo en mi matrimonio una novela infinitamente más complicada que la suya; lo cual no obsta para que yo sea hoy el marido más feliz de la tierra. Óigala, porque a usted podrá serle de gran provecho. Hace cinco años me vi con gran frecuencia con Vezzera, un amigo del colegio a quien había querido mucho antes, y sobre todo él a mí. Cuanto prometía el muchacho se realizó plenamente en el hombre; era como antes inconstante, apasionado, con depresiones y exaltamientos femeniles. Todas sus ansias y suspicacias eran enfermizas, y usted no ignora de qué modo se sufre y se hace sufrir con este modo de ser.
"Un día me dijo que estaba enamorado, y que posiblemente se casaría muy pronto. Aunque me habló con loco entusiasmo de la belleza de su novia, esta apreciación suya de la hermosura en cuestión no tenía para mí ningún valor. Vezzera insistió, irritándose con mi orgullo.
"-No sé qué tiene que ver el orgullo con esto -le observé.
"-¡Si es eso! Yo soy enfermizo, excitable, expuesto a continuos mirajes y debo equivocarme siempre. ¡Tú, no! ¡Lo que dices es la ponderación justa de lo que has visto!
"-Te juro...
"-¡Bah; déjame en paz! -concluyó cada vez más irritado con mi tranquilidad, que era para él otra manifestación de orgullo.
"Cada vez que volví a verlo en los días sucesivos, lo hallé más exaltado con su amor. Estaba más delgado, y sus ojos cargados de ojeras brillaban de fiebre.
"-¿Quiere hacer una cosa? Vamos esta noche a su casa. Ya le he hablado de ti. Vas a ver si es o no como te he dicho.
"Fuimos. No sé si usted ha sufrido una impresión semejante; pero cuando ella me extendió la mano y nos miramos, sentí que por ese contacto tibio, la espléndida belleza de aquellos ojos sombríos y de aquel cuerpo mudo, se infiltraba en una caliente onda en todo mi ser.
"Cuando salimos, Vezzera me dijo:
"-¿Y?... ¿es como te he dicho?
"-Sí -le respondí.
"-¿La gente impresionable puede entonces comunicar una impresión conforme a la realidad?
"-Esta vez, sí- no pude menos de reírme.
"Vezzera me miró de reojo y se calló por largo rato.
"-¡Parece -me dijo de pronto- que no hicieras sino concederme por suma gracia su belleza!
"-¿Pero estás loco? -le respondí.
"Vezzera se encogió de hombros como si yo hubiera esquivado su respuesta. Siguió sin hablarme, visiblemente disgustado, hasta que al fin volvió otra vez a mí sus ojos de fiebre.
"-¿De veras, de veras me juras que te parece linda?
"-¡Pero claro, idiota! Me parece lindísima; ¿quieres más?
"Se calmó entonces, y con la reacción inevitable de sus nervios femeninos, pasó conmigo una hora de loco entusiasmo, abrasándose al recuerdo de su novia.
"Fui varias veces más con Vezzera. Una noche, a una nueva invitación, respondí que no me hallaba bien y que lo dejaríamos para otro momento. Diez días más tarde respondí lo mismo, y de igual modo en la siguiente semana. Esta vez Vezzera me miró fijamente a los ojos:
"-¿Por qué no quieres ir?
"-No es que no quiera ir, sino que me hallo hoy con poco humor para esas cosas.
"-¡No es eso! ¡Es que no quieres ir más!
"-¿Yo?
"-Sí; y te exijo como a un amigo, o como a ti, que me digas justamente esto: ¿Por qué no quieres ir más?
"-¡No tengo ganas!... ¿Te gusta?
"Vezzera me miró como miran los tuberculosos condenados al reposo, a un hombre fuerte que no se jacta de ello. Y en realidad, creo que ya se precipitaba su tisis.
"Se observó en seguida las manos sudorosas, que le temblaban.
"-Hace días que las noto más flacas... ¿Sabes por qué no quieres ir más? ¿Quieres que te lo diga?
"Tenía las ventanas de la nariz contraídas, y su respiración acelerada le cerraba los labios.
"-¡Vamos! No seas... cálmate, que es lo mejor.
"-¡Es que te lo voy a decir!
"-¿Pero no ves que estás delirando, que estás muerto de fiebre? -le interrumpí. Por dicha, un violento acceso de tos lo detuvo. Lo empujé cariñosamente.
"-Acuéstate un momento... estás mal.
"Vezzera se recostó en mi cama y cruzó sus dos manos sobre la frente.
"Pasó un largo rato en silencio. De pronto me llegó su voz, lenta:
"-¿Sabes lo que te iba a decir?... Que no querías que María se enamorara de ti... Por eso no ibas.
"-¡Qué estúpido! -me sonreí.
"-Sí, estúpido! ¡Todo, todo lo que quieras!
"Quedamos mudos otra vez. Al fin me acerqué a él.
"-Esta noche vamos -le dije-. ¿Quieres?
"-Sí, quiero.
"Cuatro horas más tarde llegábamos allá. María me saludó como si hubiera dejado de verme el día anterior, sin parecer en lo más mínimo preocupada de mi larga ausencia.
"-Pregúntale siquiera -se rió Vezzera con visible afectación- por qué ha pasado tanto tiempo sin venir.
"María arrugó imperceptiblemente el ceño, y se volvió a mí con risueña sorpresa:
"-¡Pero supongo que no tendría deseo de visitarnos!
"Aunque el tono de la exclamación no pedía respuesta, María quedó un instante en suspenso, como si la esperara. Vi que Vezzera me devoraba con los ojos.
"-Aunque deba avergonzarme eternamente -repuse- confieso que hay algo de verdad...
"-¿No es verdad? -se rió ella.
"Pero ya en el movimiento de los pies y en la dilatación de las narices de Vezzera, conocí su tensión de nervios.
"-Dile que te diga -se dirigió a María- por qué realmente no quería venir.
"Era tan perverso y cobarde el ataque, que lo miré con verdadera rabia. Vezzera afectó no darse cuenta, y sostuvo la tirante expectativa con el convulsivo golpeteo del pie, mientras María tornaba a contraer las cejas.
"-¿Hay otra cosa? -se sonrió con esfuerzo.
"-Sí, Zapiola te va a decir...
"-¡Vezzera!-exclamé.
"-... Es decir, no el motivo suyo, sino el que yo le atribuía para no venir más aquí... ¿sabes por qué?
"-Porque él cree que usted se va a enamorar de mí -me adelanté, dirigiéndome a María.
"Ya antes de decir esto, vi bien claro la ridiculez en que iba a caer; pero tuve que hacerlo. María soltó la risa, notándose así mucho más el cansancio de sus ojos.
"-¿Sí? ¿Pensabas eso, Antenor?
"-No, supondrás... era una broma -se rió él también.
"La madre entró de nuevo en la sala, y la conversación cambió de rumbo.
"-Eres un canalla -me apresuré a decirle en los ojos a Vezzera, cuando salimos.
"-Sí -me respondió mirándome claramente-. Lo hice a propósito.
"-¿Querías ridiculizarme?
"-Sí... quería.
"-¿Y no te da vergüenza? ¿Pero qué diablos te pasa? ¿Qué tienes contra mí?
"No me contestó, encogiéndose de hombros.
"-¡Anda al demonio! -murmuré. Pero un momento después, al separarme, sentí su mirada cruel y desconfiada fija en la mía.
"-¿Me juras por lo que más quieras, por lo que quieras más, que no sabes lo que pienso?
"-No -le respondí secamente.
"-¡No mientes, no estás mintiendo?
"-No miento.
"Y mentía profundamente.
"-Bueno, me alegro... Dejemos esto. Hasta mañana. ¿Cuándo quieres que volvamos allá?
"-¡Nunca! Se acabó.
"Vi que verdadera angustia le dilataba los ojos.
"-¿No quieres ir más? -me dijo con voz ronca y extraña.
"-No, nunca más.
"-Como quieras, mejor... No estás enojado, ¿verdad?
"-¡Oh, no seas criatura! -me reí.
"Y estaba verdaderamente irritado contra Vezzera, contra mí...
"Al día siguiente Vezzera entró al anochecer en mi cuarto. Llovía desde la mañana, con fuerte temporal, y la humedad y el frío me agobiaban. Desde el primer momento noté que Vezzera ardía en fiebre.
"-Vengo a pedirte una cosa -comenzó.
"-¡Déjate de cosas! -interrumpí-. ¿Por qué has salido con esta noche? ¿No ves que estás jugando tu vida con esto?
"-La vida no me importa... dentro de unos meses esto se acaba... mejor. Lo que quiero es que vayas otra vez allá.
"-¡No! ya te dije.
"-¡No, vamos! ¡No quiero que no quieras ir! ¡Me mata esto! ¿Por qué no quieres ir?
"-Ya te he dicho: ¡no-qui-e-ro! Ni una palabra más sobre esto, ¿oyes?
"La angustia de la noche anterior tornó a desmesurarle los ojos.
"-Entonces -articuló con voz profundamente tomada- es lo que pienso, lo que tú sabes que yo pensaba cuando mentiste anoche. De modo... Bueno, dejemos, no es nada. Hasta mañana.
"Lo detuve del hombro y se dejó caer en seguida en la silla, con la cabeza sobre sus brazos en la mesa.
"-Quédate -le dije-. Vas a dormir aquí conmigo. No estés solo.
"Durante un rato nos quedamos en profundo silencio. Al fin articuló sin entonación alguna:
"-Es que me dan unas ganas locas de matarme...
"-¡Por eso! ¡Quédate aquí!... No estés solo.
"Pero no pude contenerlo, y pasé toda la noche inquieto.
"Usted sabe qué terrible fuerza de atracción tiene el suicidio, cuando la idea fija se ha enredado en una madeja de nervios enfermos. Habría sido menester que a toda costa Vezzera no estuviera solo en su cuarto. Y aún así, persistía siempre el motivo.
"Pasó lo que temía. A las siete de la mañana me trajeron una carta de Vezzera, muerto ya desde cuatro horas atrás. Me decía en ella que era demasiado claro que yo estaba enamorado de su novia, y ella de mí. Que en cuanto a María, tenía la más completa certidumbre y que yo no había hecho sino confirmarle mi amor con mi negativa a ir más allá. Que estuviera yo lejos de creer que se mataba de dolor, absolutamente no. Pero él no era hombre capaz de sacrificar a nadie a su egoísta felicidad, y por eso nos dejaba libre a mí y a ella. Además, sus pulmones no daban más... era cuestión de tiempo. Que hiciera feliz a María, como él hubiera deseado..., etc.
"Y dos o tres frases más. Inútil que le cuente en detalle mi turbación de esos días. Pero lo que resaltaba claro para mí en su carta -para mí que lo conocía- era la desesperación de celos que lo llevó al suicidio. Ese era el único motivo; lo demás: sacrificio y conciencia tranquila, no tenía ningún valor.
"En medio de todo quedaba vivísima, radiante de brusca felicidad, la imagen de María. Yo sé el esfuerzo que debí hacer, cuando era de Vezzera, para dejar de ir a verla. Y había creído adivinar también que algo semejante pasaba en ella. Y ahora, ¡libres! sí, solos los dos, pero con un cadáver entre nosotros.
"Después de quince días fui a su casa. Hablamos vagamente, evitando la menor alusión. Apenas me respondía; y aunque se esforzaba en ello, no podía sostener mi mirada un solo momento.
"-Entonces -le dije al fin levantándome- creo que lo más discreto es que no vuelva más a verla.
"-Creo lo mismo -me respondió.
"Pero no me moví.
"-¿Nunca más? -añadí.
"-No, nunca... como usted quiera -rompió en un sollozo, mientras dos lágrimas vencidas rodaban por sus mejillas.
"Al acercarme se llevó las manos a la cara, y apenas sintió mi contacto se estremeció violentamente y rompió en sollozos. Me incliné detrás de ella y le abracé la cabeza.
"-Sí, mi alma querida...¿quieres? Podremos ser muy felices. Eso no importa nada...¿quieres?
"-¡No, no! -me respondió- no podríamos... no, ¡imposible!
"-¡Después, sí, mi amor!... ¿Sí, después?
"-¡No, no, no! -redobló aún sus sollozos.
"Entonces salí desesperado, y pensando con rabiosa amargura que aquel imbécil, al matarse, nos había muerto también a nosotros dos.
"Aquí termina mi novela. Ahora, ¿quiere verla?"
-¡María!-se dirigió a una joven que pasaba del brazo-. Es hora ya; son las tres.
-¿Ya? ¿las tres?-se volvió ella-. No hubiera creído. Bueno, vamos. Un momentito.
Zapiola me dijo entonces:
-Ya ve, amigo mío, cómo se puede ser feliz después de lo que le he contado. Y su caso... Espere un segundo.
Y mientras me presentaba a su mujer:
-Le contaba a X cómo estuvimos nosotros a punto de no ser felices.
La joven sonrió a su marido, y reconocí aquellos ojos sombríos de que él me había hablado, y que como todos los de ese carácter, al reír destellan felicidad.
-Sí -repuso sencillamente- sufrimos un poco...
-¡Ya ve!-se rió Zapiola despidiéndose-. Yo en lugar suyo volvería al salón.
Me quedé solo. El pensamiento de Elena volvió otra vez; pero en medio de mi disgusto me acordaba a cada instante de la impresión que recibió Zapiola al ver por primera vez los ojos de María.
Y yo no hacía sino recordarlos.

FIN
Cuentos de amor de locura y de muerte, 1917

Horacio Quiroga Los buques suicidantes

Los buques suicidantes
Horacio Quiroga





Resulta que hay pocas cosas más terribles que encontrar en el mar un buque abandonado. Si de día el peligro es menor, de noche no se ven ni hay advertencia posible: el choque se lleva a uno y otro.
Estos buques abandonados por a o por b, navegan obstinadamente a favor de las corrientes o del viento, si tienen las velas desplegadas. Recorren así los mares, cambiando caprichosamente de rumbo.
No pocos de los vapores que un buen día no llegaron a puerto, han tropezado en su camino con uno de estos buques silenciosos que viajan por su cuenta. Siempre hay probabilidad de hallarlos, a cada minuto. Por ventura las corrientes suelen enredarlos en los mares de sargazo. Los buques se detienen, por fin, aquí o allá, inmóviles para siempre en ese desierto de algas. Así, hasta que poco a poco se van deshaciendo. Pero otros llegan cada día, ocupan su lugar en silencio, de modo que el tranquilo y lúgubre puerto siempre está frecuentado.
El principal motivo de estos abandonos de buque son sin duda las tempestades y los incendios que dejan a la deriva negros esqueletos errantes. Pero hay otras causas singulares entre las que se puede incluir lo acaecido al María Margarita, que zarpó de Nueva York el 24 de Agosto de 1903, y que el 26 de mañana se puso al habla con una corbeta, sin acusar novedad alguna. Cuatro horas más tarde, un paquete, no teniendo respuesta, desprendió una chalupa que abordó al María Margarita. En el buque no había nadie. Las camisetas de los marineros se secaban a proa. La cocina estaba prendida aún. Una máquina de coser tenía la aguja suspendida sobre la costura, como si hubiera sido dejada un momento antes. No había la menor señal de lucha ni de pánico, todo en perfecto orden; y faltaban todos. ¿Qué pasó?
La noche que aprendí esto estábamos reunidos en el puente. Íbamos a Europa, y el capitán nos contaba su historia marina, perfectamente cierta, por otro lado.
La concurrencia femenina, ganada por la sugestión del campo de batalla presente, oía estremecida. Las chicas nerviosas prestaban sin querer inquieto oído a la voz de los marineros en proa. Una señora recién casada se atrevió:
-¿No serán águilas?...
El capitán se sonrió bondadosamente:
-¿Qué, señora? ¿Águilas que se lleven a la tripulación?
Todos se rieron y la joven hizo lo mismo, un poco avergonzada.
Felizmente un pasajero sabía algo de eso. Lo miramos curiosamente. Durante el viaje había sido un excelente compañero, admirando por su cuenta y riesgo, y hablando poco.
-¡Ah! ¡si nos contara, señor! -suplicó la joven de las águilas.
-No tengo inconveniente -asintió el discreto individuo-. En dos palabras -y en los mares del norte, como el María Margarita del capitán- encontramos una vez un barco a vela. Nuestro rumbo -viajábamos también a vela- nos llevó casi a su lado. El singular aire de abandono que no engaña en un buque, llamó nuestra atención, y disminuimos la marcha observándolo. Al fin desprendimos una chalupa; abordo no se halló a nadie, y todo estaba también en perfecto orden. Pero la última anotación del diario databa de cuatro días atrás, de modo que no sentimos mayor impresión. Aún nos reímos un poco de las famosas desapariciones súbitas.
"Ocho de nuestros hombres quedaron abordo para el gobierno del nuevo buque. Viajaríamos de conserva. Al anochecer nos tomó un poco de camino. Al día siguiente lo alcanzamos, pero no vimos a nadie sobre el puente. Desprendiose de nuevo la chalupa, y los que fueron recorrieron en vano el buque: todos habían desaparecido. Ni un objeto fuera de lugar. El mar estaba absolutamente terso en toda su extensión. En la cocina hervía aún una olla con papas.
"Como ustedes comprenderán, el terror supersticioso de nuestra gente llegó a su colmo. A la larga, seis se animaron a llenar el vacío, y yo fui con ellos. Apenas abordo, mis nuevos compañeros se decidieron a beber para desterrar toda preocupación. Estaban sentados en rueda y a la hora la mayoría cantaba ya.
"Llegó mediodía y pasó la siesta. A las cuatro, la brisa cesó y las velas cayeron. Un marinero se acercó a la borda y miró el mar aceitoso. Todos se habían levantado, paseándose, sin ganas ya de hablar. Uno se sentó en un cabo y se sacó la camiseta para remendarla. Cosió un rato en silencio. De pronto se levantó y lanzó un largo silbido. Sus compañeros se volvieron. Él los miró vagamente, sorprendido también, y se sentó de nuevo. Un momento después dejó la camiseta en el cabo arrollado, avanzó a la borda y se tiró al agua. Al sentir el ruido, los otros dieron vuelta la cabeza, con el ceño ligeramente fruncido. En seguida se olvidaron, volviendo a la apatía común.
"Al rato otro se desperezó, restregose los ojos caminando, y se tiró al agua. Pasó media hora; el sol iba cayendo. Sentí de pronto que me tocaban en el hombro.
"-¿Qué hora es?
"-Las cinco -respondí.
"El viejo marinero me miró desconfiado, con las manos en los bolsillos, recostándose enfrente de mí. Miró largo rato mi pantalón, distraído. Al fin se tiró al agua.
"Los tres que quedaban se acercaron rápidamente y observaron el remolino. Se sentaron en la borda, silbando despacio, con la vista perdida a lo lejos. Uno se bajó y se tendió en el puente, cansado. Los otros desaparecieron uno tras otro. A las seis, el último se levantó, se compuso la ropa, apartose el pelo de la frente, caminó con sueño aún, y se tiró al agua.
"Entonces quedé solo, mirando como un idiota el mar desierto. Todos, sin saber lo que hacían, se habían arrojado al mar, envueltos en el sonambulismo moroso que flotaba en el buque. Cuando uno se tiraba al agua, los otros se volvían momentáneamente preocupados, como si recordaran algo, para olvidarse en seguida. Así habían desaparecido todos, y supongo que lo mismo los del día anterior, y los otros y los de los demás buques. Esto es todo."
Nos quedamos mirando al raro hombre con excesiva curiosidad.
-¿Y usted no sintió nada? -le preguntó mi vecino de camarote.
-Sí, un gran desgano y obstinación de las mismas ideas, pero nada más. No sé por qué no sentí nada más. Presumo que el motivo es este: en vez de agotarme en una defensa angustiosa y a toda costa contra lo que sentía, como deben de haber hecho todos, y aún los marineros sin darse cuenta, acepté sencillamente esa muerte hipnótica, como si estuviese anulado ya. Algo muy semejante ha pasado sin duda a los centinelas de aquella guardia célebre, que noche a noche se ahorcaban.
Como el comentario era bastante complicado, nadie respondió. Se fue al rato. El capitán lo siguió un rato de reojo.
-¡Farsante! -murmuró.
-Al contrario -dijo un pasajero enfermo, que iba a morir a su tierra-. Si fuera farsante no habría dejado de pensar en eso, y se hubiera tirado al agua.

FIN

Horacio Quiroga Los bebedores de sangre

Los bebedores de sangre
Horacio Quiroga



Chiquitos:
¿Han puesto ustedes el oído contra el lomo de un gato cuando runrunea? Háganlo con Tutankamón, el gato del almacenero. Y después de haberlo hecho, tendrán una idea clara del ronquido de un tigre cuando anda al trote por el monte en son de caza.
Este ronquido que no tiene nada de agradable cuando uno está solo en el bosque, me perseguía desde hacía una semana. Comenzaba al caer la noche, y hasta la madrugada el monte entero vibraba de rugidos.
¿De dónde podía haber salido tanto tigre? La selva parecía haber perdido todos sus bichos, como si todos hubieran ido a ahogarse en el río. No había más que tigres: no se oía otra cosa que el ronquido profundo e incansable del tigre hambriento, cuando trota con el hocico a ras de tierra para percibir el tufo de los animales.
Así estábamos hacía una semana, cuando de pronto los tigres desaparecieron. No se oyó un solo bramido más. En cambio, en el monte volvieron a resonar el balido del ciervo, el chillido del agutí, el silbido del tapir, todos los ruidos y aullidos de la selva. ¿Qué había pasado otra vez? Los tigres no desaparecen porque sí, no hay fiera capaz de hacerlos huir.
¡Ah, chiquitos! Esto creía yo. Pero cuando después de un día de marcha llegaba yo a las márgenes del río Iguazú (veinte leguas arriba de las cataratas), me encontré con dos cazadores que me sacaron de mi ignorancia. De cómo y por qué había habido en esos días tanto tigre, no me supieron decir una palabra. Pero en cambio me aseguraron que la causa de su brusca fuga se debía a la aparición de un puma. El tigre, a quien se cree rey incontestable de la selva, tiene terror pánico a un gato cobardón como el puma.
¿Han visto, chiquitos míos, cosa más rara? Cuando le llamo gato al puma, me refiero a su cara de gato, nada más. Pero es un gatazo de un metro de largo, sin contar la cola, y tan fuerte como el tigre mismo.
Pues bien. Esa misma mañana, los dos cazadores habían hallado cuatro cabras, de las doce que tenían, muertas a la entrada del monte. No estaban despedazadas en lo más mínimo. Pero a ninguna de ellas les quedaba una gota de sangre en las venas. En el cuello, por debajo de los pelos manchados, tenían todas cuatro agujeros, y no muy grandes tampoco. Por allí, con los colmillos prendidos a las venas, el puma había vaciado a sus víctimas, sorbiéndoles toda la sangre.
Yo vi las cabras al pasar, y les aseguro, chiquitos, que me encendí también en ira al ver las cuatro pobres cabras sacrificadas por la bestia sedienta de sangre. El puma, del mismo modo que el hurón, deja de lado cualquier manjar por la sangre tibia. En las estancias de Río Negro y Chubut, los pumas causan tremendos estragos en las majadas de ovejas.
Las ovejas, ustedes lo saben ya, son los seres más estúpidos de la creación. Cuando olfatean a un puma, no hacen otra cosa que mirarse unas a otras y comienzan a estornudar. A ninguna se le ocurre huir. Sólo saben estornudar, y estornudan hasta que el puma salta sobre ellas. En pocos momentos, van quedando tendidas de costado, vaciadas de toda su sangre.
Una muerte así debe ser atroz, chiquitos, aun para ovejas resfriadas de miedo. Pero en su propia furia sanguinaria, la fiera tiene su castigo. ¿Saben lo que pasa? Que el puma, con el vientre hinchado y tirante de sangre, cae rendido por invencible sueño. Él, que entierra siempre los restos de sus víctimas y huye a esconderse durante el día, no tiene entonces fuerzas para moverse. Cae mareado de sangre en el sitio mismo de la hecatombe. Y los pastores encuentran en la madrugada a la fiera con el hocico rojo de sangre, fulminada de sueño entre sus víctimas.
¡Ah, chiquitos! Nosotros no tuvimos esa suerte. Seguramente cuatro cabras no eran suficientes para saciar la sed de nuestro puma. Había huido después de su hazaña, y forzoso nos era rastrearlo con los perros.
En efecto, apenas habíamos andado una hora cuando los perros erizaron de pronto el lomo, alzaron la nariz a los cuatro vientos y lanzaron un corto aullido de caza: habían rastreado al puma.
Paso por encima, hijos míos, la corrida que dimos tras la fiera. Otra vez les voy a contar con detalles una corrida de caza en el monte. Básteles saber por hoy que a las cinco horas de ladridos, gritos y carreras desesperadas a través del bosque quebrando las enredaderas con la frente, llegamos al pie de un árbol, cuyo tronco los perros asaltaban a brincos, entre desesperados ladridos. Allá arriba del árbol, agazapado como un gato, estaba el puma siguiendo las evoluciones de los perros con tremenda inquietud.
Nuestra cacería, puede decirse, estaba terminada. Mientras los perros "torearan" a la fiera, ésta no se movería de su árbol. Así proceden el gato montés y el tigre. Acuérdense, chiquitos, de estas palabras para cuando sean grandes y cacen: tigre que trepa a un árbol, es tigre que tiene miedo.
Yo hice correr una bala en la recámara del winchester, para enviarla al puma entre los dos ojos, cuando uno de los cazadores me puso la mano en el hombro diciéndome:
-No le tire, patrón. Ese bicho no vale una bala siquiera. Vamos a darle una soba como no la llevó nunca.
¿Qué les parece, chiquitos? ¿Una soba a una fiera tan grande y fuerte como el tigre? Yo nunca había visto sobar a nadie y quería verlo.
¡Y lo vimos, por Dios bendito! El cazador cortó varias gruesas ramas en trozos de medio metro de largo y como quien tira piedras con todas sus fuerzas, fue lanzándolos uno tras otro contra el puma. El primer palo pasó zumbando sobre la cabeza del animal, que aplastó las orejas y maulló sordamente. El segundo garrote pasó a la izquierda lejos. El tercero, le rozó la punta de la cola, y el cuarto, zumbando como piedra escapada de una honda, fue a dar contra la cabeza de la fiera, con fuerza tal que el puma se tambaleó sobre la rama y se desplomó al suelo entre los perros.
Y entonces, chiquitos míos, comenzó la soba más portentosa que haya recibido bebedor alguno de sangre. Al sentir las mordeduras de los perros, el puma quiso huir de un brinco. Pero el cazador, rápido como un rayo, lo detuvo de la cola. Y enroscándosela en la mano como una lonja de rebenque comenzó a descargar una lluvia de garrotazos sobre el puma.
¡Pero qué soba, queridos míos! Aunque yo sabía que el puma es cobardón, nunca creí que lo fuera tanto. Y nunca creí tampoco que un hombre fuera guapo hasta el punto de tratar a una fiera como a un gato, y zurrarle la badana a palo limpio.
De repente, uno de los garrotazos alcanzó al puma en la base de la nariz, y el animal cayó de lomo, estirando convulsivamente las patas traseras. Aunque herida de muerte, la fiera roncaba aún entre los colmillos de los perros, que lo tironeaban de todos lados. Por fin, concluí con aquel feo espectáculo, descargando el winchester en el oído del animal.
Triste cosa es, chiquillos, ver morir boqueando a un animal, por fiera que sea, pero el hombre lleva muy hondo en la sangre el instinto de la caza, y es su misma sangre la que lo defiende del asalto de los pumas, que quieren sorbérsela.

Horacio Quiroga Las voces queridas que se han callado

Las voces queridas que se han callado
Horacio Quiroga




Hay personas cuya voz adquiere de repente una inflexión tal que nos trae súbitamente a la memoria otra voz que oímos mucho en otro tiempo. No sabemos dónde ni cuándo; todo ello fugitivo e instantáneo, pero no por esto menos hondo. La impresión, sobrado inconsistente, no deja huella alguna; y justamente lo contrario fue lo que nos pasó a Arriola y a mí, cierta vez que veníamos de Corrientes.El muchacho tenía diez u once años. Era delgado, pálido, de largo cuello descubierto y ojos admirables. Estaba en el salón, sentado con varios chicos a nuestra mesa vecina, y cuando oímos su voz Arriola y yo nos miramos. Era indudable: habíamos sentido la misma impresión; y tan bien la leímos mutuamente en nuestros ojos que aquel se echó a reír con su portentosa gravedad local.
-¡Pero es sorprendente! -le dije-. ¿A usted también le ha hecho el mismo efecto?
-¡El mismo! ¡Es una voz que he oído mucho, pero mucho!
-Sí, y una voz querida...

-Y de mujer...

-Muerta ya ...

Coincidíamos de un modo alarmante. Lo que él observaba era exactamente lo que sentía yo, y viceversa. Estábamos sinceramente inquietos. Cada vez que el muchacho decía algo -con sus inflexiones falseadas de voz que está cambiando- tornábamos a mirarnos. ¡Pero dónde, dónde la habíamos oído! Yo había evocado ya en un segundo todas las voces más o menos queridas, y es de suponer que Arriola no había hecho cosa distinta. Y no la hallábamos. Mas a cada palabra del chico sentíamos que nuestros corazones se abrían estremecidos de par en par a esa voz que remontaba. ¿De dónde?

Había algo más: ¿por qué ambos sentíamos lo mismo? Bien comprensible que él o yo hubiéramos amado mucho a una persona muerta cuya voz renacía en la garganta de muchacho débil. Pero los dos, al mismo tiempo...
-¡Qué notable! -murmuraba Arriola, sin apartar sus ojos de los míos, mientras oíamos-. ¡Estoy seguro de que he querido locamente esa voz!
-Yo, igual. ¿Cómo diablos hemos amado a la misma?...
Consideramos todo lo que es posible de tal rareza, y cuando tres días después llegábamos a Buenos Aires, Arriola se separaba de mí con la certeza de que en la bella mirada del chico había algo más.
Como, en concepto general, dudo de las manifestaciones de Arriola cuando son excesivas, no sé hasta qué punto pudo él haber oído la imploración de su alma a esa muerta voz de amor que llegaba otra vez a acariciarla. Pero sé de mí que mi corazón habíase abierto con ansiosa sed de toda la dicha que ya conocía y tornaba a prometerle su inflexión.
Yo no recordaba ninguna mujer que hubiera tenido ese timbre. Haberla amado en una existencia anterior, y justamente en compañía de mi amigo, era bastante inadmisible, tanto como en esta suposición: la personita -debiendo haber sido mujer, predestinada a un cuádruple amor, de Arriola y yo a ella y de ella a ambos- había nacido equivocadamente varón.
Mas corrieron veinte días. Arriola había vuelto a Corrientes, y haciéndolo yo a casa, una tarde, vi pasar al muchacho en cuestión. Lo llamé.
-¡Buenas tardes, compañero de viaje! ¿Te acuerdas de mí?
El chico se puso colorado, muy contento.
-Sí; usted venía con un señor... De voz muy gruesa...
-Eso es. ¿Vives aquí? En Barracas...
Díjele que fuera a verme a casa al día siguiente, y esa noche telegrafié a Arriola:
Encontré muchacho. Voz igual.
Y la respuesta:
Alégrome. No olvido impresión. Averigüe algo.
Tenía probablemente más interés que él de saber. Había vuelto a sentir la sacudida primera y, para mayor turbación, a las respuestas del muchacho mi alma respondía con un eco de amor, como si antes, antes hubiera tenido las mismas de ella.
No es, sin embargo, sensato permitir que el propio corazón cree y llore por su cuenta amores que ignoramos en absoluto. Decidí hacer hablar al chico y que me mirara bien con sus bellos ojos... ¡Sus ojos!... Me detuve bruscamente. ¡Eran ojos de mujer, sin duda! Y si su hermana tiene la misma voz y la misma mirada... Una predestinación de raciocinio, en verdad. Pero claro se nota que el nuevo giro -pudiendo ser tan absurdo como los anteriores- era al menos extraordinariamente agradable.
Un día después el chico venía a verme. Supe que eran pobres, que él se emplearía, por supuesto, si no debiera trabajar mucho porque no era fuerte, y que en efecto tenía una hermana.
Cuatro horas más tarde llegaba a su casa, dos pobres piezas en Barracas. La madre mostrose muy agradecida a mi solicitud, pero la muchacha no tenía los ojos del hermano dueña, en cambio, como de una enagua de bombasí, de una doméstica y robusta voz.
Al oír mi nombre, la madre mirome con atención y discreto cariño.
-Perdóneme la indiscreción, señor Correa: ¿su familia es de Mercedes?
-Sí, señora.
Volvió a observarme detenidamente.
-He conocido mucho a su papá...
Salí lleno de curiosidad por el inesperado giro de mi amor muerto, y torné al telegrama, esta vez a mi madre:
Conoces familia R.? Escríbeme en seguida.
La carta llegó, bastante agria, por otro lado, para la aludida. La familia había vivido en mi pueblo natal, más o menos en la época del nacimiento de mi amiguito, y ella, mi madre, no tenía fuertes motivos para querer a la del chico.
¡Roto, mi encanto! Mi alma se había equivocado buenamente, sintiendo dulzuras de amor femenino en las inflexiones de una voz que no era sino hermana suya.
Y en ese momento me acordé de golpe: ¿Y Arriola? ¿Qué tenía que ver Arriola con todo esto, y por qué él también había sentido?...
Como se ve, la nueva complicación era suficientemente grotesca para motivar otro telegrama, esta vez urgente y recomendado:
Muchacho acaso pariente mío. ¿Qué hacemos de usted?
A lo que Arriola respondió:
No sea estúpido. Abrazos.
FIN
Caras y Caretas, Buenos Aires,
Año XI, N° 529, 21 noviembre 1908

Horacio Quiroga Las rayas

Las rayas
Horacio Quiroga



...-"
En resumen, yo creo que las palabras valen tanto, materialmente, como la propia cosa significada, y son capaces de crearla por simple razón de eufonía. Se precisará un estado especial; es posible. Pero algo que yo he visto me ha hecho pensar en el peligro de que dos cosas distintas tengan el mismo nombre."Como se ve, pocas veces es dado oír teorías tan maravillosas como la anterior. Lo curioso es que quien la exponía no era un viejo y sutil filósofo versado en la escolástica, sino un hombre espinado desde muchacho en los negocios, que trabajaba en Laboulaye acopiando granos. Con su promesa de contarnos la cosa, sorbimos rápidamente el café, nos sentamos de costado en la silla para oír largo rato, y fijamos los ojos en el de Córdoba.
-Les contaré la historia -comenzó el hombre- porque es el mejor modo de darse cuenta. Como ustedes saben, hace mucho que estoy en Laboulaye. Mi socio corretea todo el año por las colonias y yo, bastante inútil para eso, atiendo más bien la barraca. Supondrán que durante ocho meses, por lo menos, mi quehacer no es mayor en el escritorio, y dos empleados -uno conmigo en los libros y otro en la venta- nos bastan y sobran. Dado nuestro radio de acción, ni el Mayor ni el Diario son engorrosos. Nos ha quedado, sin embargo, una vigilancia enfermiza de los libros como si aquella cosa lúgubre pudiera repetirse. ¡Los libros!... En fin, hace cuatro años de la aventura y nuestros dos empleados fueron los protagonistas.
El vendedor era un muchacho correntino, bajo y de pelo cortado al rape, que usaba siempre botines amarillos. El otro, encargado de los libros, era un hombre hecho ya, muy flaco y de cara color paja. Creo que nunca lo vi reírse, mudo y contraído en su Mayor con estricta prolijidad de rayas y tinta colorada. Se llamaba Figueroa; era de Catamarca.
Ambos, comenzando por salir juntos, trabaron estrecha amistad, y como ninguno tenía familia en Laboulaye, habían alquilado un caserón con sombríos corredores de bóveda, obra de un escribano que murió loco allá.
Los dos primeros años no tuvimos la menor queja de nuestros hombres. Poco después comenzaron, cada uno a su modo, a cambiar de modo de ser.
El vendedor -se llamaba Tomás Aquino- llegó cierta mañana a la barraca con una verbosidad exuberante. Hablaba y reía sin cesar, buscando constantemente no sé qué en los bolsillos. Así estuvo dos días. Al tercero cayó con un fuerte ataque de gripe; pero volvió después de almorzar, inesperadamente curado. Esa misma tarde, Figueroa tuvo que retirarse con desesperantes estornudos preliminares que lo habían invadido de golpe. Pero todo pasó en horas, a pesar de los síntomas dramáticos. Poco después se repitió lo mismo, y así, por un mes: la charla delirante de Aquino, los estornudos de Figueroa, y cada dos días un fulminante y frustrado ataque de gripe.
Esto era lo curioso. Les aconsejé que se hicieran examinar atentamente, pues no se podía seguir así. Por suerte todo pasó, regresando ambos a la antigua y tranquila normalidad, el vendedor entre las tablas, y Figueroa con su pluma gótica.
Esto era en diciembre. El 14 de enero, al hojear de noche los libros, y con toda la sorpresa que imaginarán, vi que la última página del Mayor estaba cruzada en todos sentidos de rayas. Apenas llegó Figueroa a la mañana siguiente, le pregunté qué demonio eran esas rayas. Me miró sorprendido, miró su obra, y se disculpó murmurando.
No fue sólo esto. Al otro día Aquino entregó el Diario, y en vez de las anotaciones de orden no había más que rayas: toda la página llena de rayas en todas direcciones. La cosa ya era fuerte; les hablé malhumorado, rogándoles muy seriamente que no se repitieran esas gracias. Me miraron atentos pestañeando rápidamente, pero se retiraron sin decir una palabra.
Desde entonces comenzaron a enflaquecer visiblemente. Cambiaron el modo de peinarse, echándose el pelo atrás. Su amistad había recrudecido; trataban de estar todo el día juntos, pero no hablaban nunca entre ellos.
Así varios días, hasta que una tarde hallé a Figueroa doblado sobre la mesa, rayando el libro de Caja. Ya había rayado todo el Mayor, hoja por hoja; todas las páginas llenas de rayas, rayas en el cartón, en el cuero, en el metal, todo con rayas.
Lo despedimos en seguida; que continuara sus estupideces en otra parte. Llamé a Aquino y también lo despedí. Al recorrer la barraca no vi más que rayas en todas partes: tablas rayadas, planchuelas rayadas, barricas rayadas. Hasta una mancha de alquitrán en el suelo, rayada...
No había duda; estaban completamente locos, una terrible obsesión de rayas que con esa precipitación productiva quién sabe a dónde los iba a llevar.
Efectivamente, dos días después vino a verme el dueño de la Fonda Italiana donde aquellos comían. Muy preocupado, me preguntó si no sabía qué se habían hecho Figueroa y Aquino; ya no iban a su casa.
-Estarán en casa de ellos -le dije.
-La puerta está cerrada y no responden -me contestó mirándome.
-¡Se habrán ido! -argüí sin embargo.
-No -replicó en voz baja-. Anoche, durante la tormenta, se han oído gritos que salían de adentro.
Esta vez me cosquilleó la espalda y nos miramos un momento.
Salimos apresuradamente y llevamos la denuncia. En el trayecto al caserón la fila se engrosó, y al llegar a aquél, chapaleando en el agua, éramos más de quince. Ya empezaba a oscurecer. Como nadie respondía, echamos la puerta abajo y entramos. Recorrimos la casa en vano; no había nadie. Pero el piso, las puertas, las paredes, los muebles, el techo mismo, todo estaba rayado: una irradiación delirante de rayas en todo sentido.
Ya no era posible más; habían llegado a un terrible frenesí de rayar, rayar a toda costa, como si las más intimas células de sus vidas estuvieran sacudidas por esa obsesión de rayar. Aun en el patio mojado las rayas se cruzaban vertiginosamente, apretándose de tal modo al fin, que parecía ya haber hecho explosión la locura.
Terminaban en el albañal. Y doblándonos, vimos en el agua fangosa dos rayas negras que se revolvían pesadamente.
FIN